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Francia en bicicleta: Mi primera experiencia de cicloturismo

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Hoy tenemos el placer de contar con un invitado muy especial en el blog: Arnau de viatjaresdescobrir. Con 21 años se ha ido a recorrer Francia en bicicleta durante 26 días. Cuando me dijo que era su primer viaje, aluciné. Si se ha estrenado así no quiero pensar como serán sus siguientes aventuras. Te dejo con su genial relato. Te va a gustar.

 

Quería hacer un viaje en bicicleta. Lo tenía claro. Y cada vez tenía más ganas de hacerlo. Ya no tenía suficiente leyendo blogs y libros sobre viajes de cicloturismo, ahora quería vivir estas aventuras en primera persona. Me tocaba ser el protagonista. Así que, sin ningún conocimiento previo, me puse manos a la obra…

1. ¿De dónde surgió la idea?

Voy a ser sincero: ir en bici nunca me ha gustado demasiado. Siempre he preferido caminar. Pero en cambio, los ciclistas viajeros, cargados con sus alforjas, me dieron envidia desde el primer día en que los vi. Porque me di cuenta de que viajar en bicicleta es conocer un país de una manera completamente distinta. Sin prisas. Disfrutando de cualquier rincón. Siendo autosuficiente. Siendo LIBRE.

 

La idea de emprender mi primer viaje en bicicleta y en solitario ya rondaba por mi cabeza cuando cayó en mis manos un libro fantásticamente inspirador: Rodamundo, de Xavi Narro. En este libro el autor narra su experiencia recorriendo el mundo en bicicleta. Una historia fascinante y que contagia las ganas de querer descubrir el mundo a base de pedalear.

 

Ya empezaba a asimilar que este verano sería el momento de coger la bici y de empezar a pedalear, pero no tenía claro el destino. Entonces, vi en Instagram unas fotografías impresionantes del Mont Saint Michel. Y lo tuve claro. Quería pedalear hasta allí. Hasta tener delante de mí la encantadora silueta de este monumento. Ahora solo necesitaba un mapa para decidir cómo llegaría hasta allí…

 

 

2. Preparando el itinerario

Al ser mi primer viaje en bicicleta, no sabía cómo planear el itinerario. Está claro que al hacer un viaje en coche, todo resulta mucho más fácil, ya que a través del Google Maps se puede organizar todo. Pero para mi viaje de cicloturismo, quería escoger una ruta que pasara mayoritariamente por carriles bicis o por carreteras con muy poco tránsito. Busqué en Internet, a ver si encontraba alguna ayuda, y entonces encontré mi salvación: la página web http://en.francevelotourisme.com/. Después de ojear esta página, comprendí que había escogido el país ideal para hacer el primer viaje en bicicleta. Francia dispone de muchísimas rutas ciclistas perfectamente señalizadas y que pasan mayoritariamente por vías verdes o carreteras sin apenas tránsito. Además, la página web anterior contiene las descripciones y los tracks GPS de todas las etapas de las diferentes rutas. ¡Es un portal impresionante!

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Así pues, una vez encontré este sitio web, escoger el itinerario fue muy sencillo. Únicamente tuve que unir varias de las rutas ciclistas para poder llegar al objetivo soñado: el Mont Saint Michel. Al final, planifiqué un itinerario dividido en cuatro grandes etapas:

-Canal des deux mers à vélo (800 km).  Viajaría en tren hasta Port la Nouvelle, un pequeño pueblo del mediterráneo, y des de allí empezaría a recorrer la ruta del Canal des deux mers. Como su nombre indica, esta ruta ciclista une el mediterráneo y el atlántico. Lo hace a través de los encantadores Canal du Midi y Canal de Garonne. Un recorrido precioso que atraviesa bonitos pueblos y ciudades.

-La Vélodyssée (850 km). Una vez llegado al atlántico, me incorporaría a la Velodyssée, la ruta ciclista que recorre la costa atlántica. Las mareas, las infinitas playas, las puestas de sol, las ostras… serían las grandes protagonistas hasta llegar a la Bretaña. Allí, la ruta pasa por el interior y permite descubrir los entornos rurales de esta seductora región de Francia.

-La Costa de la Bretaña (350 km). Desde Roscoff seguiría la costa bretona hasta llegar al Mont Saint Michele. Paisajes escarpados, comidas deliciosas y faros majestuosos me esperaban en esta parte de la ruta. Sin duda, la parte más impresionante del viaje, pero también la más cansada. Las subidas y bajadas son una constante en el litoral bretón…

-La vuelta (310 km). La última etapa del recorrido la bauticé como la vuelta, ya que mi objetivo sería llegar hasta Angers, donde cogería el tren para volver a casa. Para llegar hasta allí, pasaría por dos rutas ciclistas: la Veloscenic y la Vélo Francette. Durante la última parte del viaje quería descubrir los pueblos pintorescos de Normandía y los castillos del Loira.

 

Ya tenía claro por donde quería pasar, pero necesitaba fijar las fechas. ¿Cuántos días necesitaría? Hacía más de diez años que no montaba en bici, así que no tenía demasiado claro cuántos kilómetros al día podría hacer. Miré un poco por internet y decidí, con bastante incertidumbre, que durante las primeras semanas pedalearía 100 kilómetros diarios hasta llegar a la costa bretona. Allí tenía previsto hacer más paradas y fotografías, además el recorrido era más duro, por lo que planifiqué avanzar unos 80 kilómetros diarios. Así pues, el viaje serían 26 días. Y decidí que el mes de julio sería el escogido para vivir esta aventura que, como mínimo, tenía pinta de cansada…

3. Los preparativos

Tenía el itinerario fijado. Ya no había vuelta atrás… El mes de julio se iba aproximando y no sabía ni por dónde empezar. ¡Suerte de los blogs y los libros enfocados a los cicloturistas novatos! Fueron mi gran salvación… Especialmente la lista del material necesario que recibí de este blog, ConAlforjas, después de haberme suscrito.

 

Empecé por la bici, mi futura compañera de viaje. La bici con la que viajaría era la de mi padre, una bici de 25 años. Casi nada… Así que antes de empezar la llevé al taller para que le hicieran una pequeña revisión. Después me encargué de prepararla para la aventura: monté los portaequipajes, las alforjas e hice algunos apaños con otras bolsas de deporte para tener más espacio. Quizás abusé demasiado de las chapuzas, sobre todo teniendo en cuenta que cada día tenía que poner y quitar las bolsas, pero al menos aguantaron con dignidad…

 

Después me encargué de todo el material de acampada. Me compré el hornillo Butsir COCH0001 en Amazon y después fui al Decathlon a comprar una tienda de acampada. Quería que fuera ligera, así que al final opté por la Coleman Aravis 1. Una maravilla. Y con esto ya tenía todo el material preparado.

 

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Tanto preparar la bici, se me echó el tiempo encima. Ya casi era el día de partir y yo hacía más de diez años que no montaba en bici. Ya veis, la preparación ideal. Al final, solo pedaleé un día durante cuarenta minutos… Pero preferí invertir el tiempo que me quedaba en adquirir las nociones de mecánica básica para poder cambiar las ruedas. Los videotutoriales del youtube fueran básicos para mi formación 😉 .  También me encargué de bajarme los tracks GPS de la ruta para tenerlos guardados en el móvil.

 

Y sin darme cuenta, llegó el día de partir…

 

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4. La gran aventura: el viaje

Primera parte. Canal des deux mers à vélo

Después de una mañana viajando en tren, llegué a Port la Nouvelle, el punto de inicio de la ruta. Al llegar al canal que marcaba el inicio de la ruta, una fuerte emoción recorrió mi cuerpo. Por fin empezaba el viaje que tanto había soñado…

 

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Los primeros días de ruta fueron bastante duros. Por un lado, me estaba acostumbrando a pedalear 100 kilómetros diarios, de modo que las agujetas hacían acto de presencia. Además, el estado de los carriles bici fue bastante malo hasta poco antes de llegar a Toulouse. Eran caminos muy estrechos y con bastantes rocas y raíces, de modo que avanzaba lentamente. Pero lo peor no fue eso, sino mis manos. Al no ser un camino liso, tenía que hacer bastante fuerza para sujetar la bici, y esto hizo que se me durmieran los dedos. Cada día al llegar al camping casi no sentía los dedos… Por suerte, los paisajes y los pueblos que iba visitando me animaban a seguir. Hacían que todo valiera la pena.

 

Aunque hacía un poco de mal tiempo, llegué a Toulouse pletórico. Por fin había llegado a los carriles bici asfaltados. Además tenía muchas ganas de visitar esta ciudad. Los siguientes días avanzando paralelo al Canal de Garonne fueron mucho más relajados. Seguí atravesando preciosos bosques que unían pueblos encantadores. Y, casi sin darme cuenta, había llegado a Burdeos.

 

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Ya faltaba poco para llegar al Atlántico. Recorrí durante dos días la ruta ciclista que atraviesa el Gironde Estuary. Poco a poco el paisaje iba cambiando y ya empezaba a oler a mar. Atravesé Blaye, Vitrezay, Mortagne Sur Gironde y finalmente, después de una semana pedaleando por Francia, llegué a Royan. ¡Tenía el Atlántico ante mí! Creo que nunca me había alegrado tanto de ver el mar.

 

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Segunda parte: La Velodysée

Después de un tranquilo mediodía contemplando la enorme playa de Royan, me incorporé a la Velodysée, la ruta que seguiría durante los próximos nueve días hasta llegar a Roscoff. Los primeros días recorriendo esta ruta fueron impresionantes: avancé paralelamente a playas infinitas, contemplé el efecto de las mareas y paseé por preciosos pueblos costaneros. Además, casi toda la ruta pasaba por carriles bici asfaltados donde podía avanzar más fácilmente. Una gozada…

 

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Uno de los tramos más bonitos de la ruta fue el que iba des de La Rochelle hasta Les Sables d’Olonne. El recorrido que une estas dos encantadoras ciudades, donde podría haber pasado horas y horas paseando,  me condujo por unos paisajes sublimes del litoral. ¡Qué playas tan bonitas!

 

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Des de Les Sables d’Olonne la ruta volvió a adentrarse hacia el interior, en dirección Nantes. Dediqué una tranquila mañana a conocer esta ciudad y seguí pedaleando con muchas ganas. ¡Por fin había llegado a la Bretaña! Los primeros días por esta región de Francia fueron muy tranquilos. Avancé siguiendo el Canal de Nantes a Brest, que atraviesa preciosos paisajes rurales. Pueblos como Josselin o Pontivy, con sus enormes castillos, quedaron guardados en mi retina.

 

Finalmente, después de un último tramo con bastante desnivel, llegué a Roscoff. ¡Había conseguido llegar a la costa bretona! Estaba emocionado. Sabía que los próximos días serían impresionantes… Para celebrarlo comí unas auténticas galettes bretonas y despedí el día contemplando la puesta de sol desde Roscoff.

 

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Tercera parte: La Costa de la Bretaña

Mi etapa por la costa bretona tenía un objetivo claro: el Mont Saint Michel. Aun así, antes de iniciar el camino hacia él, dediqué un día a avanzar en dirección contraria. Tenía ganas de visitar el Faro de Pontusval. Quería ver el atardecer desde la preciosa playa del faro. Contemplar las últimas luces del día desde este famoso emplazamiento. Lo hice. Y valió mucho la pena.

 

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Al día siguiente, inicié el recorrido hacia la abadía del Mont Saint Michel. Ahora la ruta era bastante diferente a las etapas que había hecho hasta el momento. Avancé sobre todo por carreteras secundarias (sin apenas tránsito) que bordeaban la costa y que tenían bastante desnivel. Las subidas y bajadas fueron una constante durante todas las etapas. Por suerte, mis piernas ya estaban bien acostumbradas a la bici. Así que lo superé con dignidad. Además, las fantásticas panorámicas que iban sucediéndose eran el estímulo perfecto para seguir pedaleando. La costa de la Bretaña tiene unos paisajes de postal. Y los creadores de la ruta ciclista lo sabían…

 

Todas las etapas fueron impresionantes. Exploré la famosa Costa de Granito Rosa andando por el camino de los aduaneros. Me relajé con una preciosa puesta de sol en el Cabo Erquy. Contemplé la majestuosidad del Cabo Frehel. Y viajé al pasado mientras paseaba por el centro de Saint Malo.

 

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Salí de Saint Malo acompañado de una fina lluvia, sabiendo que aquel día podría contemplar la elegante silueta del Mont Saint Michel. Después de más de 2000 kilómetros pedaleando llegaría a mi gran objetivo. Pedaleaba consciente de que podría haber escogido un camino más corto, pero difícilmente habría sido tan bonito. Y seguía inmerso en mis pensamientos, disfrutando de la suave brisa marina, cuando de pronto divisé muy a lo lejos una silueta reveladora. ¡Allí estaba! ¡Ya podía ver el Mont Saint Michel!

 

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Los últimos 30 kilómetros hasta la abadía estuvieron cargados de emoción. Siguiendo un carril bici en perfecto estado, que primero avanza paralelo a la playa y después se introduce en el bosque, iba descubriendo la silueta del monasterio con mayor claridad. Ya no quedaba nada…

 

¡Y por fin llegué! Tenía ante mí la maravillosa silueta del Mont Saint Michel. Ahora solo faltaba esperar y dejar que las luces del atardecer hicieran su trabajo. Me senté en un puente enfrente del monumento y celebré que lo había conseguido mientras todo se conjugaba para regalarme una bonita postal. La postal de la felicidad.

 

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Cuarta etapa: La vuelta

Había alcanzado al gran objetivo de mi viaje. Pero aún me quedaban algunos días de pedaleo hasta llegar a Angers, donde cogería el tren de vuelta a casa. Ya empezaba a tener ganas de descansar un poco…pero quería disfrutar de los últimos días al máximo. Fueron días de saborear las rutinas que había ido adquiriendo, a sabiendas de que el viaje terminaba. Atravesé zonas rurales de Normandía, donde pequeños pueblos medievales, como Domfront, me invitaban a parar.

 

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Todo era perfecto. Pero durante el penúltimo día la bici dijo basta. Después de visitar el pueblo de Mayenne, inicié el recorrido hacia el siguiente pueblo: Laval. Un tramo muy sencillo, donde únicamente tenía que seguir el carril bici que avanzaba paralelo a un canal. Parecía fácil. Pero no lo fue. Aún me quedaban treinta kilómetros para llegar a Laval, cuando me di cuenta de que la cubierta de la rueda estaba pinchada. Cambiaba la cámara, pero no podía avanzar ni cien metros que ya volvía a estar petada. Un desastre. Pensaba que tendría que llegar andando al siguiente pueblo, cuando un grupo de ciclistas se paró a ayudarme. Fueron mi salvación. Gracias a sus conocimientos, pudimos hacer un apaño que me permitió recorrer los treinta kilómetros hasta Laval (donde llegué con la rueda totalmente deshinchada).

 

Hasta el momento el viaje había sido perfecto y, a falta del último día, no quise complicarme la vida. Así que cogí un tren para llegar a Angers y dediqué la mañana siguiente a descubrir los preciosos castillos y rincones de esta ciudad. Esta vez a pie. La bici necesitaba una visita al mecánico…

 

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Y así terminó mi primer gran viaje en bici. De una forma un poco accidentada y un día antes de lo que tenía previsto, pero dejándome un gran sabor de boca.  Por fin había vivido en primera persona una experiencia cicloturista. Aprendiendo a viajar solo. Descubriendo que no es necesario ser un experto de las bicis para poder descubrir el mundo a base de pedaleos. Y acumulando muchísimas experiencias.

 

Llegué a casa cansado, pero consciente de que este era solo el primer viaje en bicicleta. Porque, sin lugar a dudas, vendrán muchos más…

 

Podéis ver el vídeo resumen de mi viaje en el siguiente enlace: https://viatjaresdescobrir.cat/2016/07/31/video-franca-en-bicicleta/

 

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2 comments

  1. Alberto says:

    Ehorabuena ¡¡¡¡ menudo viaje para empezar….. algunos de los lugares por los que pasastes los conozco de haber pasado hace un par de años preciosos, esa abadia es mi proximo objetivo para el verano que viene….

  2. Mestral2 says:

    Bravo Arnau, mi enhorabuena por tu viaje y la muy buena descripción que haces. He hecho el Canal des deux meres, y viendo tu reportaje pienso hacer la Vélodyssée el verano próximo. Felicidades

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