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No fue una noche cualquiera

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Se cumplían dos semanas de viaje. Acababa de llegar a Poitiers tras una etapa que se suponía fácil pero que se hizo una de las más duras del viaje. Llegaba reventado física y mentalmente.

La suerte con el buen tiempo se estaba acabando y el frío y la niebla daban la bienvenida a un otoño tardío.

¿Qué tal alforjeros? Así es como llegué a Poitiers (Francia) en mi último viaje desde España a Bélgica. Y es que no siempre sale todo bien, aunque estés haciendo lo que más te gusta: viajar en bici. Como decimos siempre, las apariencias engañan y de las experiencias se aprende. Y vaya que sí.

Como dije al principio, llegué a Poitiers un día a primeros de noviembre tras dos semanas de viaje. Y me costó llegar. Ese día fue durísimo. La sensación de ir por un llano y ver que no avanzas es realmente dura. Los famosos falsos llanos que ya conocéis.

Y luego el viento. Al principio no caes en él. Vas por una zona medio llana, con pequeñas ondulaciones, tranquila, “buen sitio para rodar”…si, buen sitio hasta que ves que no llegas nunca al final de la recta y te das cuenta que cada vez hay más molinos de viento, y claro, esos molinos no están ahí por casualidad.

Empiezas a ser consciente del dichoso viento y a estar cada vez más cansado. Incluso más de lo que realmente vas. No eres capaz de llevar el ritmo y se hace obligatorio el uso de la música. Intentas disfrutar pero hay algo que falla, hoy la cosa no va bien.

El frío de la mañana no te dejó entrar en calor y la niebla te empapa cada vez más. Te entra la bajona, la pájara y empiezan las movidas mentales. Tras largas horas llegas a tu destino, en mi caso: Poitiers.

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Molinos de viento y ciervos, de camino a Poitiers

Por fin. Ya estoy aquí. Las pasadas noches he dormido en la tienda y necesito una ducha caliente y secar la ropa. Miro mi guía, en francés, y veo que hay un albergue de peregrinos en la ciudad y me animo un poco, me vengo arriba.

Visito la ciudad y disfruto de algunos rayos de sol. Eso sí, para llegar al casco antiguo he tenido que empujar la bici por unas malditas cuestas que me han dejado hecho polvo. Vuelvo a revisar mi guía y voy en busca del albergue.

Está en la calle de la catedral, así que ando cerca. En la guía dice algo de “Emmaüs Freternité”, imagino que debe ser un convento o un monasterio que ofrece alojamiento a peregrinos.

 

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Ayuntamiento de Poitiers

En unos minutos llego al sitio, justo en mitad de una estrecha calle, y me pongo a buscar algún cartel en el que ponga “auberge” o “fraternité”, algún campanario, algo que me dé una pista, pero solo veo un portón de madera muy viejo. Me he confundido fijo.

Con la guía en la mano y unas palabrejas en francés pregunto a una pareja por el sitio. Comprobamos que la dirección es correcta, pero solo vemos el portón viejo y descascarillado. Lo que faltaba.

Estoy reventado, va a anochecer y no tengo tiempo suficiente para salir de la ciudad y buscar un sitio para acampar. Se ve que la preocupación se me nota en la cara y la pareja se ofrece a llamar al teléfono que viene en la guía.

Nada, no da señal. Insistimos y a la segunda lo cogen. “Ya vienen a abrir” me dice el chico. Menos mal, ya me veía durmiendo en la puerta de una iglesia.

Empiezan a chirriar unas bisagras oxidadas y se abre una pequeña apertura en el portón tras la que aparece un hombre que a simple vista, no me ofrece mucha confianza… Vamos de Guatemala a Guatepeor. Mi alivio no dura ni tres segundos.

 

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Escalera de acceso a la habitación

Me despido de la pareja que se ha portado estupendamente conmigo y paso la bici al interior siguiendo al hombrecillo. “Madre mía, dónde me he metido…” Un caserón antiguo, gris, húmedo, con paredes medio caídas y tres o cuatro tipos más sentados en mitad de la entrada fumando un cigarro tras otro.

Jean Paul, que así se llama el que me ha abierto la puerta, comienza a darme indicaciones para dejar las cosas e ir a mi cuarto, justo en ese momento saco la guía y le pregunto por el hotel más cercano, y él me da a entender que no es necesario.

Por lo visto estoy en un albergue, pero no de peregrinos, si no de personas sin hogar. Y yo me preocupo más. “Total, de perdidos al río. Voy a darle una oportunidad” Me dirijo con todo el equipaje a mi cuarto…o al inframundo más bien.

Escalera estrecha y oscura, de caracol, peldaños medio rotos de madera, una sala, otra, y por fin mi habitación, fría, gris, con una planta seca y el macetero lleno de colillas y ceniza sobre una pequeña mesa y una solitaria cama… esto no puedo ir a peor. Ni en una película de miedo.

 

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Resto de la habitación y una triste maceta

Me dirijo a la ducha, al otro lado del edificio. Ya más relajado y entrando en calor, me tranquilizo un poco. Con la mochila cargada con móviles, cartera, documentos y mi navaja, le digo a Jean Paul que me voy a visitar la ciudad, y me da la llave de la puerta de la calle y me avisa de que la cena común es en una hora…¿cena común con esta gente?…

45 minutos después estoy de vuelta, para la cena. Me recibe Jean Paul de nuevo y me lleva a conocer a  “Juan”, un senegalés grandote y sonriente y que habla español. Y Juan me empieza a explicar dónde estoy.

Efectivamente es una casa de acogida que pertenece a una organización, Fraternité Emmaus, para ayudar a personas sin techo, inmigrantes, con problemas de drogas, etc, y dan alojamiento a todo peregrino que pasa (dos o tres al año quizás).

Así, poco a poco se empiezan a interesar por mi viaje y empezamos a hablar, siempre con Juan como traductor. Cada vez me siento más tranquilo según los voy conociendo. Es la hora de la cena.

Cada día cocina uno, y Juan me dice orgulloso que su comida senegalesa siempre triunfa mientras los otros se ríen… Ya a la mesa, Juan me explica todo su periplo como inmigrante, su llegada a España y su paso a Francia. Está muy contento, ya tiene trabajo en la organización y su propio dormitorio en la casa de acogida, ya no tiene que dormir en la calle.

Y yo preocupándome por no encontrar un buen sitio para acampar…me siento estúpido. Mientras tanto Jean Paul tatareando tímidamente “que viva España” y riéndose entre cuchara y cuchara de sopa.

Tras la cena y con el estómago lleno, seguimos charlando y conociendo historias personales de cada uno de ellos, historias muy tristes que te hacen pensar. Poco a poco se van yendo uno a uno a su cuarto. Me explican que en cada ciudad grande de Francia la organización tiene una casa de acogida y lo poco que tengan me lo ofrecerán.

Al rato me voy a dormir, y encajo bien la puerta por si acaso… Menuda noche me espera, todo el tiempo escuchando ruidos por los viejos suelos de madera. Aunque estoy más tranquilo, sigo un poco desconfiado así que por si acaso cierro bien el saco de dormir, como cuando te tapas con la sábana en plan escudo.

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Al fondo, entrada a la habitación

Por la mañana, Jean Paul viene a buscarme. Me dormí pronto así que madrugo y ya tengo listas las alforjas. Curiosamente la noche ha transcurrido sin problemas…

En el desayuno me encuentro de nuevo con Juan. Me siento con ellos a desayunar y a comentar la etapa de ese día.

A pesar de lo que pensaba, he podido dormir y he descansado bastante, de hecho me he recuperado a nivel mental y el desayuno me anima aún más, o los desayunos, porque insisten en que coma bien que necesito recuperar fuerzas. Los que el día antes me tenían medio asustado ahora los tengo en plan madre…

Al final con tanta cháchara el desayuno se ha alargado y ellos se tienen que ir a trabajar. Es momento de cargar la bici y despedirme de Jean Paul y Juan. ¡Estás en tu casa hermano, venga un abrazo! me dice Juan, y por supuesto que les doy un abrazo, y además de corazón.

No solo he descansado y comido bien, si no que he aprendido una gran lección de humildad y solidaridad. Me he encontrado con el lado más humano de las personas, y es difícil de superar una experiencia así. Después de eso uno ve las cosas desde otro punto de vista.

Hace un frío que pela pero monto en la bici con muchas ganas. Justo antes de salir se van despidiendo todos de mí, uno a uno, y yo me despido de ellos muy pero que muy agradecido. Ahora sí que me voy, pero antes Jean Paul viene corriendo cargado con palmeras de chocolate y croissants. Insiste en que me los lleve, cualquiera le dice que no.

El resto del día trascurre con normalidad. No he podido dejar de pensar en la experiencia que he vivido en Poitiers. Vuelvo a disfrutar del viaje, de la bici, del viento en la cara, del silencio…Me he desecho de un saco de preocupaciones inútiles, quizás es lo que me cansó tanto el día anterior.

Monto la tienda, me meto en el saco y me pregunto qué será de Juan y Jean Paul. Espero que hayan pasado un buen día, desde luego se lo merecen.

Unos meses más tarde, ya desde Edimburgo, acabo de enviarles una carta con varias fotos del viaje. Estoy seguro de que les alegrará saber qué llegué bien y que me acuerdo mucho de ellos. Espero que les vaya bien.

***

Hasta aquí mi experiencia de lo que empezó siendo un mal día y acabó como uno de los mejores o por lo menos que más recuerdo de mi último viaje. Seguro que tú también has tenido días de esos que empiezan como una película de miedo y acaban con final feliz. Si quieres contarnos tienes las puertas abiertas.

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8 comentarios

    • Pablo dice:

      Muchas gracias Paqui!! desde luego hay que saber quedarse siempre con lo bueno de las experiencias, y más cuando no te las esperas de esta manera.

  1. Raúl J0nH-Do3 dice:

    Enhorabuena por la entrada del post. Muy emotivo y realista. Gracias a Rococa por compartirlo, y a ti por escribirlo. Un abrazo para ambos!!

    • Pablo dice:

      Muchas gracias por tu comentario Raúl!
      Ya ves, no todo es dar pedales cuando viajamos, también vivimos situaciones muy humanas que al final es por lo que nos gusta viajar tanto en bici! Un abrazo

  2. José Manuel dice:

    Hola Pablo
    A nosotros nos pasó algo similar. Ibamos de Málaga a Santiago, enlazando el Camino Mozárabe con la Vía de la Plata; habíamos coincidido a ratos con una pareja de vascos. Estabamos cerca de Don Benito (Badajoz) y los vascos nos comentan que en Don Benito hay un albergue regentado por unos religiosos que dan de cenar a los peregrinos y que el ambiente es muy bueno, según ponía en su guía. Llamamos para reservar (en los albergues del Camino Mozárabe sí hay que reservar, porque suelen estar cerrados porque hay pocos peregrinos) y ya comenzamos a sospechar que no parecía un albergue normal. Pero decidimos continuar. Cuando llegamos, nos encontramos un albergue para sintechos, exdrogadictos, etc regentados por Cáritas. Al comienzo nos quisimos volver, pero lo pensamos y nos quedamos. Insistieron en la cena, pero no se nos apetecía quedarnos en ese lugar a cenar, preferíamos cenar en la calle. Pero sí volvimos y pronto y charlamos con los que eran más habladores, y al día siguiente compartimos el desayuno. Ahh, y dormimos en los sofás. En fin, una gran experencia, conocimos sus historias personales, a veces desgarradoras, pero te das cuenta que todos somos seres humanos iguales ante el destino.
    Un abrazo.

  3. Pablo dice:

    Hola José Manuel,
    gracias por compartir tu historia! me alegro que al final acabase bien. De estas experiencias al final aprendemos todos. Por cierto, Don Benito está muy cerca de nuestro pueblo, Villafranca de los Barros!
    Un saludo!!

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